EDITORIAL

 LA DIGNIDAD NO SE NEGOCIA.





Hay momentos en la historia en los que una nación no enfrenta una simple crisis política o militar, sino un examen mucho más profundo: el de su propia identidad. Ese es el punto en el que se encuentra hoy Irán.

Se nos ha querido vender la idea de que la diplomacia es siempre el camino correcto. Que negociar, incluso bajo presión, es un acto de madurez política. Pero esa visión, cómoda y muchas veces hipócrita, ignora una verdad incómoda: no todas las negociaciones son iguales, ni todos los interlocutores actúan de buena fe.

Cuando el diálogo se plantea desde la amenaza, deja de ser diplomacia y se convierte en imposición. Y aceptar condiciones en ese contexto no es construir paz, es legitimar la fuerza del agresor.

A lo largo de los años, la nación persa ha sido objeto de presiones, sabotajes y agresiones que no pueden ser simplemente archivadas en nombre de la estabilidad. Pretender que todo eso se resuelve sentándose a una mesa es desconocer el peso de la memoria y el valor del honor.

La historia ofrece lecciones claras. Imperios que se creían intocables han caído por su propia arrogancia. Basta recordar la figura de Ciro el Grande, quien demostró que incluso las potencias más seguras pueden derrumbarse cuando subestiman a quienes consideran inferiores. La historia no se repite de forma idéntica, pero sí rima.

Hoy, frente a un actor global como Estados Unidos, la discusión no es simplemente geopolítica; es moral. ¿Puede una nación negociar con quien ha vulnerado su soberanía sin consecuencias? ¿Puede hacerlo sin traicionar a quienes han pagado el precio más alto?

Desde mi perspectiva, la respuesta es no.

Porque hay algo más valioso que cualquier acuerdo: la dignidad. Y la dignidad no se firma, no se transa y no se negocia. Se defiende.

La paz construida desde la humillación no es paz; es una tregua frágil que solo beneficia al más fuerte mientras se prepara para el siguiente movimiento. La historia contemporánea está llena de ejemplos que lo confirman.

Esto no es un llamado a la guerra, como algunos intentarán simplificar. Es un llamado a la coherencia. A entender que la firmeza también es una forma de política. Que resistir puede ser, en ciertos momentos, la única opción verdaderamente soberana.

Las naciones, como los individuos, son recordadas no solo por lo que logran, sino por lo que están dispuestas a defender.

Y hay líneas que, una vez cruzadas, no se recuperan jamás.

La dignidad es una de ellas.


EL FARO DOMINICANO

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